Literatura: NAUFRAGIOS, Caveça de Vaca

Entre otras imaginaciones que puede tener el ser humano está la opción de encontrarse cara a cara de repente con alguna aventura jamás imaginada. Quizás sea por querer vivir una aventura tan poco real como la que componga nuestra mente por lo que tantas veces queremos escapar del mundo.

Ahora imagínese que es usted mismo quien se embarca en el siglo dieciséis y parte rumbo a las apenas recién descubiertas Indias con el objeto de vivir una aventura conquistadora. (No sé en qué posición o cargo se habrá colocado usted. Yo, si le parece, voy a negarme el puesto de capitán y futuro gobernador y voy a colocarme en el de tesorero y alguacil mayor). Supongo que se verá usted zarpando del puerto y una vez aderezado el rumbo inicial (o, si es el capitán, desde el principio) mira a su familia que le despide con la mano y lágrimas. Realmente, es decir, siendo no sólo sinceros sino pensando fríamente, ni ellos ni usted saben cuándo va a volver. Sin embargo, ¿por qué pensar que no habrá vuelta?

Una vez en alta mar va usted meditando todo tipo de cuestiones… ¡Qué bonitas son Las Indias! (Observe que está en mayúscula). Los conquistadores anteriores hablan maravillas de esta tierra. Hay de todo y por lo tanto no falta nada… Pero vea usted: yo no voy muy convencido. Además, descubrí hace tiempo que el capitán de mi barco y futuro gobernador de nuestras futuras conquistas es ciertamente un inútil (espero que no se haya imaginado usted como capitán) y cuanto más me acerco a nuestro destino más miedo tengo.

A punto de llegar, el mal tiempo y la torpeza anunciada del capitán nos hacen “naufragar”… (Fíjese en lo escueto de la relación de este hecho del naufragio). Muy bien. Ahora iremos tierra adentro para continuar nuestra gloriosa conquista.

Yo no sé cómo lo verá usted, pero a mí me parece que la conquista no ha empezado demasiado exitosamente. ¿Ahora qué? Con las leguas andadas aumentan las penas: el cansancio, el hambre, los indios, estamos perdidos… Mueren compañeros nuestros; antes, nos habíamos separado por culpa de… Yo, con todo esto, empiezo a dudar del maravilloso idilio que nos habían dibujado y del que tanto se nos había hablado. Aquí no hay nada y tengo hambre. Es como si me hubieran engañado. ¿Habremos llegado a otro sitio?

Hay que sobrevivir. ¿Qué se le ocurre a usted que podemos hacer? (Después me enteraré de que algunos de mis compañeros se mataron y comieron entre ellos. A mí jamás se me pasaría por la cabeza; ¿o quizás sí?). Con mucho andar y luchar acabamos descubriendo, para gran sorpresa, que los indios no son tan malos. Es más: sobrevivo gracias a ellos.

Seré un médico prodigioso; seré un maravilloso mercader ambulante; haré cosas inimaginables, milagros, y acabaré llegando de vuelta a España para contarlo todo. ¿Qué? ¿Se lo cree? (¿Usted se salva también?). Pues léase los “naufragios” de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y descubrirá un Nuevo Mundo absolutamente nuevo (¿A que esto es publicidad?). Nada tiene que ver la América que “visita” Cabeza de Vaca con la que descubren y describen (y conquistan) Colón, Cortés y compañía. Es verdad que ni es el mismo lugar el de los hechos, ni la perspectiva desde la que miran los protagonistas es la misma. Pero esto es lo simpático porque unos lanzan un discurso de triunfo y el otro de fracaso, de abundancia y de miseria.

Haga caso de este consejo: embárquese usted (esta vez sin mi ayuda directa) en un barco hacia la Florida e imagine su odisea. ¿Qué tipo de discurso prefiere usted: el del triunfo o el del fracaso? ¡Buen viaje!

Quinín

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